24 dic. 2013

La Navidad: la paz del Hijo de María




En la mañana de hoy, la cofradía se ha ocupado de adornar el camarín de Nuestra Señora para celebrar la Navidad, así como el cambio de vestido de la imagen. En el presente artículo, continuamos con el ciclo dedicado al beato Juan Pablo II, que decía en la Misa del Gallo de 2003:

«Y la Palabra se hizo carne» (Juan 1,14). En esta noche extraordinaria la Palabra eterna, el «Príncipe de la paz» (Isaías 9,5), nace en la mísera y fría gruta de Belén. «No temáis, dice el ángel a los pastores, en la ciudad de David, os ha nacido un Salvador: el Mesías, el Señor» (Lucas 2,11). También nosotros, como los pastores desconocidos pero afortunados, corramos para encontrar a Aquél que cambió el curso de la historia. En la extrema pobreza de la gruta contemplamos al «niño envuelto en pañales y acostado en un pesebre» (Lucas 2,12). En el recién nacido inerme y frágil, que da vagidos en los brazos de María, «ha aparecido la gracia de Dios, que trae la salvación para todos los hombres» (Tito 2,11). Permanezcamos en silencio y ¡adorémosle!


¡Oh Niño, que has querido tener como cuna un pesebre; oh Creador del universo, que te has despojado de la gloria divina; oh Redentor nuestro, que has ofrecido tu cuerpo inerme como sacrificio para la salvación de la humanidad! Que el fulgor de tu nacimiento ilumine la noche del mundo. Que la fuerza de tu mensaje de amor destruya las asechanzas arrogantes del maligno. Que el don de tu vida nos haga comprender cada vez más cuánto vale la vida de todo ser humano. ¡Demasiada sangre corre todavía sobre la tierra! ¡Demasiada violencia y demasiados conflictos turban la serena convivencia de las naciones! Tú vienes a traernos la paz. ¡Tú eres nuestra paz! Sólo tú puedes hacer de nosotros «un pueblo purificado» que te pertenezca para siempre, un pueblo «dedicado a las buenas obras» (Tito 2,14).


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